
Milei no repunta y la pelota quema: ¿el peronismo está listo?
Seamos honestos: esto no sorprende a nadie que haya prestado atención. Las políticas económicas de Milei tenían el fracaso escrito de antemano. No es una lectura de hoy, es una lectura que se podía ha
Por Lic. Mauricio Guerrero
Seamos honestos: esto no sorprende a nadie que haya prestado atención. Las políticas económicas de Milei tenían el fracaso escrito de antemano. No es una lectura de hoy, es una lectura que se podía hacer desde el día uno. Los mismos ingredientes, la misma receta, los mismos resultados. Argentina ya vivió esta película. La vimos con otro elenco, en otro momento, y terminó igual. El problema es que esta vez vinieron envueltos en una narrativa nueva, rebelde, disruptiva. Y eso alcanzó para convencer a mucha gente.
El gobierno de Milei se sostuvo sobre dos pilares. El primero, el apoyo externo: el espaldarazo de Trump, que no fue solo simbólico sino también económico, como quedó en evidencia en las últimas elecciones legislativas. El segundo, y quizás el más poderoso, fue algo mucho más emocional: la legitimidad que le dio la gente por ser el outsider, el que venía a romper todo, el que iba a terminar con la casta, con la corrupción, con los de siempre. Ese era el verdadero combustible de Milei.
Y durante un buen tiempo, ese combustible aguantó. Pese a los números duros, a los comercios cerrados, a las pymes que no llegan a fin de mes, a los laburantes que ven cómo el sueldo vale cada vez menos, la gente seguía bancando al gobierno. No porque estuviera feliz con la economía, sino porque la bronca con los gobiernos anteriores era más grande. El famoso Riesgo Kuka. Una lealtad construida sobre el enojo, no sobre la esperanza.
Hay que ser justos con algo: el gobierno sí logró bajar la inflación desde los niveles que heredó, y eso no es menor. Milei lo repite cada vez que puede, y tiene razón en señalarlo. Pero una cosa es bajar la inflación y otra muy distinta es que la gente sienta que le alcanza para vivir. Ese puente, el que va del dato macroeconómico al bolsillo real, el gobierno nunca lo terminó de construir. Y ahí empezaron los problemas.
Esa lealtad se empezó a romper cuando apareció lo que más le duele a este gobierno: los casos de corrupción. Primero el caso Libra, que involucra directamente al Presidente. Después el caso ANDIS, que salpica a Karina Milei, quien todos saben que es la que realmente toma las decisiones detrás del escritorio. Dos escándalos que ya de por sí habrían sacudido a cualquier gobierno. Pero la gota que realmente rebalsó el vaso fue el escándalo de Adorni.
Porque Adorni no era cualquier funcionario. Era la cara del gobierno, el que salía todos los días a explicar, a defender, a justificar. El que se paró frente a la Argentina entera y dijo, sin pestañear, que ellos eran los Moralmente Superiores. Que eran distintos. Que no eran como los otros. Y resulta que vivía de una manera que no cerraba con nada de lo que predicaba.
Eso dolió diferente. Eso no se olvida fácil. Fue un acto de corrupción dentro de un Gobierno que alega que la moral es una política de Estado. Esa frase lo dice todo. Y Milei, lejos de tomar distancia, lo sostiene, lo defiende, lo abraza. Y con eso le dice a la gente que el relato de la superioridad moral era exactamente eso: un relato.
Los números empezaron a reflejar todo esto. La desaprobación de la gestión trepó al 64,5%, mientras que la aprobación se estanca en apenas el 34,3%. Pero hay un dato que pega todavía más fuerte: el 40,1% de quienes votaron a Milei en el ballotage de 2023 dice sentirse hoy defraudado. No lo dice la oposición. Lo dice casi la mitad de su propia tropa.
Todo este combo, economía que no llega al bolsillo y corrupción en el mismo gobierno que prometía moralidad, pone al peronismo ante una nueva oportunidad. De esas que suelen dar las crisis. Pero acá está la trampa en la que no puede caer: la crisis de Milei no hizo que la gente vuelva a querer al peronismo. Lo que hizo fue bajar la vara para todos, meter a todos en el mismo barro.
Está naciendo algo que ya vivimos antes en este país: un nuevo “que se vayan todos”. La consultora Zuban Córdoba lo describe como un “empate de debilidades”: un gobierno que perdió la iniciativa política y una oposición que capitaliza el descontento sin lograr articular una propuesta creíble.
La prueba más clara es lo que está pasando con las encuestas de imagen. Una encuesta reciente de Atlas Intel ubicó a Myriam Bregman en el primer lugar del ranking, siendo la única dirigente con un diferencial positivo entre imagen favorable y desfavorable. Algo histórico para una referente de la izquierda en Argentina. Eso habla de un electorado que está buscando algo distinto, algo que no contamina ni el gobierno ni la oposición tradicional.
En los escenarios proyectados para 2027, Milei aparece quinto con el 31,4% y acumula un 57,2% de rechazo electoral directo. Pero atención: que Milei no tenga el segundo mandato asegurado no significa que el peronismo lo tenga. La crisis de Milei no borra los errores de los gobiernos anteriores. Al contrario, los pone en el mismo nivel. La gente no está diciendo “volvamos al peronismo”. Está diciendo “ninguno de los dos”.
Y en ese contexto, la conducción peronista tiene que caminar con pie de plomo, evitar las internas que solo alimentan egos y desesperación por ver quién se sube al barco cuando Milei se hunde. Porque si la oposición llega a 2027 peleándose entre sí por quién lidera el espacio, van a perder una oportunidad histórica. Y no se van a poder quejar de nadie más que de ellos mismos.

