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Adrián Ferreyra, el desaparecido riojano que volvió después de 50 años

El testimonio de Carlos Ferreyra, reconstruye medio siglo de búsqueda, ausencia y dolor tras la identificación de restos de su hermano desaparecido durante la dictadura.

La llamada llegó un miércoles, cerca de las dos y media de la tarde. Del otro lado estaba Ernesto, el hijo que Adrián Ferreyra nunca pudo conocer. “¿Estás parado?”, le preguntó a su tío Carlos antes de soltar la noticia que llevaba medio siglo esperando a una familia entera: en La Perla, uno de los centros clandestinos más brutales de la dictadura, habían identificado restos de Adrián.

No un cuerpo. Fragmentos. Pedazos. Huesos dispersos entre el horror sistemático de una maquinaria diseñada para borrar personas de la tierra y de la memoria.

En Radio La Torre, Carlos Ferreyra cuenta todo esto con una serenidad quebrada. Habla despacio, como quien todavía no termina de entender si lo que siente es alivio o devastación. Quizá ambas cosas. Porque después de 50 años, su hermano dejó de ser solamente un desaparecido. Ahora hay una certeza. Y las certezas también duelen.

“Los destrozaron”, dice. Y hace silencio.

La frase cae pesada. No necesita adornos. Resume la dimensión del espanto mejor que cualquier documento judicial o reconstrucción histórica.

Adrián había sido secuestrado el 29 de marzo de 1976 junto a su compañera. Ella recuperó la libertad al día siguiente. Fue, dice Carlos, un milagro. En aquellos años, muchas mujeres embarazadas terminaron asesinadas después de dar a luz; muchos bebés fueron apropiados. Adrián no tuvo esa posibilidad mínima: nunca conoció a su hijo, que nació apenas días después de su secuestro.

Ese hijo creció sin padre, cambió de países, vivió en Canadá, en México, en Berlín. Y hace un año volvió a Córdoba. Carlos cuenta esa coincidencia como si el destino hubiera tejido una trama silenciosa durante décadas. El departamento de Ernesto tiene un balcón desde donde puede verse, a lo lejos, la zona donde funcionó La Perla.

“Yo miraba hacia allá y pensaba que quizás mi hermano estaba esperando que su hijo volviera para manifestarse”, dice.

Hay algo profundamente humano en esa necesidad de encontrar señales. Como si el dolor buscara desesperadamente construir sentido allí donde solo hubo barbarie.

Porque de eso habla Carlos durante toda la entrevista: de la barbarie. De la monstruosidad de desaparecer personas. De lo insoportable que resulta convivir durante décadas con la ausencia absoluta. Sin tumba. Sin cuerpo. Sin despedida.

En algún momento recuerda una frase que escuchó de otro familiar de desaparecidos y que ahora siente propia: “Al desaparecido le quitan la vida y también le quitan la muerte”.

Tal vez ahí esté la explicación más exacta del infierno que atravesaron miles de familias argentinas. La muerte, aun en su brutalidad, permite cerrar una herida. La desaparición no. La desaparición deja todo suspendido. El tiempo detenido en una espera interminable.

Por eso Carlos dice que recién ahora comienza el verdadero duelo.

Pero entre tanto dolor también aparece la memoria política de una generación. Y allí Adrián vuelve a hacerse presente no solamente como víctima de la dictadura, sino como militante estudiantil, como joven comprometido con una idea de país.

Carlos recordó que su hermano integraba el movimiento QUR —“Queremos Universidad Riojana”— en los primeros años de la década del setenta, cuando cientos de jóvenes impulsaban la creación de una universidad pública en la provincia.

Y entonces relató una coincidencia que lo atravesó profundamente.

El mismo día en que el Equipo Argentino de Antropología Forense daba a conocer la identificación de Adrián y otros desaparecidos, miles de personas marchaban en distintos puntos del país en defensa de la universidad pública.

“Las mismas banderas seguían arriba”, dijo.

Para él no fue casual. Sintió que, de algún modo, Adrián volvía a nacer en esas consignas, en esos jóvenes movilizados, en esos reclamos que sobreviven al tiempo y a las dictaduras.

Y mientras habla de Adrián, aparece inevitablemente la figura de su madre. Tiene 93 años y Alzheimer. Durante años hizo notas, golpeó puertas, habló con militares, jueces, obispos. Buscó a su hijo hasta donde la vida le permitió. Carlos no sabía si debía contarle la noticia. Temía que no pudiera comprenderla.

Pero la memoria afectiva suele sobrevivir incluso a las ruinas del tiempo.

Se sentó junto a ella, le recordó quién era Adrián y le dijo que habían encontrado restos en Córdoba. Entonces ella preguntó: “¿Y el cuerpo dónde está?”.

Carlos no tuvo fuerzas para explicarle que no había cuerpo entero. Que lo recuperado eran apenas fragmentos arrancados del horror. Prefirió decirle que pronto traerían los restos a La Rioja.

La mujer guardó silencio unos segundos y después murmuró una frase devastadora: “Qué años de mierda”.

Ella cree que pasaron quince años. Pasaron cincuenta.

Sin embargo, al día siguiente seguía triste. Seguía pensando en Adrián. Porque el Alzheimer puede borrar fechas, nombres o lugares, pero no puede arrancar el vínculo de una madre con su hijo.

En otro tramo de la charla, Carlos apunta contra el negacionismo. Contra quienes discuten números como si la tragedia pudiera medirse estadísticamente. Contra el viejo “algo habrán hecho” que todavía sobrevive, disfrazado de opinión política.

“¿Cuántos más necesitan para que el corazón sangre?”, pregunta.

La pregunta no busca respuesta. Busca interpelar.

Porque detrás de cada desaparecido había una vida concreta: un joven, un estudiante, un trabajador, un hijo, un hermano, un amigo. Adrián, recuerda una ex compañera de facultad que llamó a Carlos después de escucharlo en radio, era “un ser de luz”.

Y quizá sea esa palabra —luz— la que mejor explique lo que ocurrió esta semana en Córdoba.

Después de medio siglo de oscuridad, Adrián Ferreyra apareció. No entero. No vivo. No como su familia soñó tantas veces. Pero apareció.

Y en esa aparición hay algo profundamente político, profundamente humano y profundamente colectivo.

Carlos lo entiende así. Por eso habla de abrazos, de canciones, de lágrimas compartidas. Porque cuando finalmente entreguen los restos y los traigan a La Rioja, no habrá solamente una despedida familiar. Habrá también una ceremonia de memoria.

Una forma de decir que, aunque los hayan querido borrar, todavía siguen volviendo.

 

 


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